
Todos los veranos acaban en Linares. ¿Qué les cuento yo que no esté escrito? Ese año fue el de los grandes triunfos del sevillano Pepín Martín Vázquez. Suyas fueron la feria de Abril, la de San Isidro -por cierto, la primera- y hasta la corrida de la Beneficencia. Pepín acababa de tomar la alternativa y venía como un cohete. En Pepín, como por encantamiento, se engarzaban Chicuelo y Manolete, la gracia toreadora y el canon clásico, en Pepín, Sevilla y Córdoba al tiempo. El 16 de julio, en la de Beneficencia, Pepín alcanzó la consagración y a Manolete, celeste y oro, no le cupo mayor gloria que la de entrar a matar con la espada del pundonor mientras manaba sangre de su pierna izquierda. El 8 de agosto, en Valdepeñas, sus caminos volvieron a cruzarse. Aquella fue, para la historia del toreo, la tarde del cornalón de Valdepeñas, el que casi mata a Pepín Martín Vázquez. Manolete le salvó la vida dos veces; la primera, al hacerle el quite y la segunda, al llevarle a Madrid en su Buick azul. Un coche enorme en la enorme soledad de los trigales dormidos. Ya en Madrid, en el Sanatorio de Toreros, al despedirse, Manolete le besó la frente.
La penúltima fue en Santander el 26 de agosto de 1947. En la radio Antonio Machín pintaba angelitos negros… En el ruedo, Manuel, tan solo, tan vestido de arcángel, de blanco y oro, como de blanco y oro viste la Virgen de las Angustias. Angustias, su madre, en San Sebastián, siempre a la espera de una llamada. Y de Santander a Linares del tirón. Manuel conducía el Buick, a su lado el cronista taurino Antonio Bellón; detrás dormían Camará, su apoderado, y Guillermo, su mozo de espadas. En eso habló de Lupe: “En octubre nos casamos…” Entre el cansancio y la desilusión, reconoció que sería la última temporada. Manuel, el de la Triste Figura, solo y en majestad. Solemne. Vertical. Inquebrantable. Manuel por los caminos de España predicando torería, mientras su alma iba vendimiando, seca, ausente y triste, una gavilla de suspiros, un aleteo del más allá. Olía a torero y, entre los califas, fue el califa. De él se puede decir, como de sí mismo dijo Garcilaso, el más manoletista de nuestros poetas: “De tan hermoso fuego consumido nunca fue corazón.”
En la maleta llevaba una camiseta de manga corta, raída y mil veces remendada. La vestía siempre que toreaba. También en Linares. Ahuyentaba el mal fario. En la silla, un rosa palo y oro. En la taquilla, cartel de no hay billetes. Noventa y cinco pesetas por un tendido de sombra. Cuarenta mil duros para el torero. Toro y torero: dos soledades que se encuentran, se cortejan… y se matan. “¡Qué disgusto se va a llevar mi madre!” De Lanjarón llegó Lupe; dentro, Álvaro Domecq le preguntó a Manuel: “¿Quieres que nos confesamos los dos?” El torero cordobés engalanó su pecho con once cornadas graves; once y la que lo mató. Otros dieciséis toreros murieron por asta de toro entre 1935 y 1947. ¡Dios los tenga a todos en su gloria!
Años después, Pepín Martín Vázquez, ya retirado, vino a decir que el recuerdo más bonito que guardaba del toreo era aquel beso. Solo veinte días mediaron entre Valdepeñas y Linares. Pudo morir cualquiera de los dos, pero murió Manolete. En Linares, en la mesilla de la habitación 42 del Hotel Cervantes, quedó un Longines al que su dueño no volvería a dar cuerda. Y, en la memoria, un quite, una carretera polvorienta y un beso de hermano.


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