
¿Se ve o no se ve? ¡Se ve! Desde esta terraza que da al norte se ve el mar y, entre ciento y pico olas de papel, se ve, sobre una loma, un cortijo, allá en Villalba de los Barros. Aquí, en esta terraza que mira al norte, es agradable leer en verano, nunca hace calor; yo, a este rinconcito le digo “la nevera”. Cada uno va viviendo su casa a su aire y, con el tiempo, la va domando y la va queriendo. Así que yo leo aquí, poco, pero leo… y veo el mar.
A Marcelino. A eso iba. Marcelino -autor del libro que leo- también ha cogido cariño a sus cuatro paredes. En verdad, muchas más, porque el cortijo, su cortijo, tiene muchas más que cuatro. ¿Quién es Marcelino? Marcelino Díaz González. En esta vida te cruzas con buena gente, gente trabajadora… y con gente de Almendralejo. La buena gente extremeña, y no lo digo a lo bobo, que es buena la buena gente extremeña. Y Marcelino. No se podría escribir la Historia reciente de Extremadura sin Marcelino y su familia, o, al menos, sería una Historia manca, le faltarían páginas. Faltarían las páginas del vino en Tierra de Barros, que ya es faltar. Su padre llegó a Extremadura en 1927 y en 1937 compró El Mosquito. Lo demás fue vino. Y cava. Y fanegas. Y cepas. Y un cortijo sobre una loma desde el que se ve, en los días despejados, Badajoz, Tentudía, Montánchez, Alburquerque…, que yo no lo he visto, que lo he leído, que yo aquí, en “la nevera”, veo lo que Marcelino cuenta. La vida que conocimos o casi. Marcelino ha vuelto a levantar el cortijo, ha plantado un albarillo en el patio de cuadras y ha escrito un libro para que los que están por venir sepan de todo aquello. Marcelino está para volver y echarle cuentas a lo vivido. Para volver con la vaca al cortijo al llegar el verano. Para volver a correr el perdigón en tardes de siesta y sol. Para volver a dormir en la era. Volver para contarlo. Volver en un viejo Ford mientras suena, como por encantamiento, la sinfonola… Marcelino ha tenido la gentileza de regalarme su libro (y las emociones que atesora). Y aquí, mirando el mar, he visto el cortijo, el cortijo de su infancia, y Villalba y Salvatierra y La Parra y Nogales… y en las gaviotas he creído ver abubillas y alzacolas, mochuelos y sisones… Y todo aquí, en este puerto de Castilla donde embarcaban los vellones de lana de la Baja Extremadura.
Ovejas, cereales y vino, por supuesto. Ver y aprender palabras camperas que desconocía y que Marcelino maneja con soltura. He pasado unas horas deliciosas entre enveros, aranzadas, tamos, granzas, niaras, sileras, temperos… y diccionarios. ¡Lo poco que sabe uno! ¡Y qué delicia aprender! Y recordar, porque otras me las sabía: hatos, besanas, sementeras, bieldos, parvas… Todo alrededor del cortijo, de la infancia y del vino. Un cortijo y sus rincones: el cuarto de Contreras, el rincón de Epifanio… El cortijo y sus gentes… los que se quedaron y los que se fueron a Bilbao.
¡Brindo! Marcelino aún conserva vinos de la primera cosecha, Solera 1931. Y también de aquel Lar de Barros de 1976, otro adelantado. En el vino, la memoria. La pardina fue a Tierra de Barros lo que el agua de riego a las orillas del Guadiana; no lo digo yo, que lo dice Marcelino. Beban. Y lean. Y, mientras puedan, no olviden. No olviden sus cuatro paredes, cada uno las suyas, que ya asoman en el patio de cuadras los primeros albarillos.


Excelente crónica.Muy agradecido amigo Fernando !!
Gracias a ti por escribirlo!