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A LA INTEMPERIE

A LA INTEMPERIE

A LA INTEMPERIE

BANCO DE PROA

19/07/2024 por Fernando Valbuena

La plaza de toros de Santoña es linda como ninguna y tan marinera que más que sol y sombra pareciera que solo tuviera estribor y babor… Cuentan que la hicieron con sillares de la muralla. Santoña fue plaza fuerte. Santoña, sobre todo, fue una isla. O casi. Una isla entre el mar y las marismas. Con sus fuertes y sus faros. Y, como Alcatraz, con su penal. Santoña es, ante todo, el Buciero, un monte tan huraño que está envuelto en acantilados. Los presos construyeron los setecientos peldaños que bajan al Faro del Caballo para que el farero pudiera ir y venir por tierra en días de mala mar. Cada año por estas fechas vuelvo al faro en un barquito repleto de turistas; me siento en el banco de proa buscando, si hay suerte, que suele haberla, que las salpicaduras me alcancen al cortar las olas. Ahí, al pie del faro, las aguas ciertamente esmeraldas, canto por dentro aquello de “seguir, sobre el azul del mar, el caminar del sol…”

La Santa María, la nao capitana de Colón, se construyó en Colindres y de allí, por aquí, su armador, Juan de la Cosa, se la llevó a ver mundo. Tanto mundo quiso ver que alumbró un mundo nuevo, así que al santoñés Juan de la Cosa no le quedó más remedio que ser el primer cartógrafo de América. En la paz del puerto Juan de la Cosa tiene su monumento, no tan grande y hermoso como el del Almirante Carrero Blanco, pero lo tiene. A su espalda un perro de aguas mea un noray. Enfrente, Laredo, el puerto de Castilla y su playa, tan inmensa como el Buciero y tan en calma como las aguas del estuario. Y se me vuelve Extremadura a la memoria; de esta playa partió el emperador camino de otra calma, la de tierra adentro. ¡Qué lejos y qué cerca te veo desde aquí Extremadura! Quizá desde lo alto de estas montañas que nos hacen guardia se vea Extremadura. Quizá… Quizá baste cruzarlas y dejarse caer por esas tierras de pan llevar y, al otro lado de los trigales, más allá de las dehesas charras, quizá allí, a un solo aliento de mí, tú…

Eso pienso mientras los marineros salen a faenar en barcos de colores… Los niños, las viejas, la playuca, la Virgen del Puerto y lo que va quedando de nosotros en las estelas que, sobre el mar, dejan los barcos. Sereno, en alas de la brisa, casi dormido en este banco que mira más allá… que no hay puerto que no prometa otra orilla, aunque esa orilla esté tierra adentro y le digan Yuste. Aquí, ante mis ojos, otro monasterio, el de Montehano, donde tiene sepultura Bárbara de Bloomberg que fue amante del emperador Carlos y madre de Don Juan de Austria… Jeromín, Lepanto, y, al principio, Cuacos.

En estos pensamientos estoy cuando una gazuza tan impertinente como sabia viene a pedirme un octavillo de anchoas. Así que dejo atrás al perro y a su noray y, a mi espalda, a cuatro pasos, donde el caserío se aprieta, entro en una taberna a tomar un octavillo con su buena compaña de quesuco picón. Antes los servían, el octavillo y el picón, sobre papel de estraza, ahora ya no… Nada es como era… Antes, en las paredes de esta taberna, una fotografía de Telmo Zarraonaindía, otra de Luis Ocaña y un “No Blasfemes”. Y quizá otra de Pepe Legrá. Quizá. Ya no sé si recuerdo o fabulo. Antes, contra las paredes ajadas, bancos corridos… como los que lleva en proa mi barquito de papel, allí donde las salpicaduras de las olas alcanzan mis ojos de niño viejo.

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