
Creo en Dios con la urgencia del que se ahoga. Más o menos como creo en nuestros ejércitos. Creo por necesidad. Porque no hay velero sin velas, ni patria sin milicia, por eso creo. Creo en ellos al sol de una mañana de verano, en las tierras secas y destartaladas de Extremadura. Al menos eso pienso mientras suena, al paso lento de guiones y banderines, La muerte no es el final.
Por una carambola del vivir incierto, el pasado jueves fui invitado a la inauguración de un busto del General Menacho en el cuartel (yo lo llamo cuartel) que lleva su nombre. Badajoz, por supuesto. Todo tan limpio, tan ordenado… Todo tan marcial… Mientras hablo con uno y con otro la corriente me arrastra, pero, comenzado el acto castrense, ya en silencio, es el pensamiento el que se me encalabrina. Yo, inútil total. Por cegato. Yo, que aquí sigo, entre la miopía de ayer y un nosequé en la garganta de hoy. No diré que me hubiera gustado servir a España en sus ejércitos. No lo diré porque a toro pasado todo es vana fanfarronería. Así que no lo digo. No sé yo, nosequé, nosecuántos…
Al sol, como yo, tocado de bicornio, el general Menacho. Junto a él, su escultor, Salvador Amaya, las manos que han dado vida a sus carnes de bronce. Menacho y yo, creo, sólo coincidimos en que, ambos dos, matrimoniamos en Cartagena. ¡Qué lejos Cartagena! ¡Qué lejos tu bahía de estas dehesas de tierra adentro! ¡Qué lejos y, sin embargo, la misma patria! ¡Qué lejos y qué cerca!
Dicen que a Menacho lo mató la metralla. Hay muchas maneras de morir por la patria y no todas violentas. A mi derecha, un militar portugués y, a mi izquierda, una inglesa que dicen vive en el castillo de Salvatierra. Sigo dándole vueltas a todo aquello. Ha tenido buena mano el autor. Me cuenta que ahora está trabajando en un grupo escultórico sobre los Tercios. Vuelvo a lo mío, y pienso que tiene mérito para un inútil total estar allí ante tanta gente útil. Los de uniforme y los otros. Mi general, el páter y la banda. A Paco Ibáñez no le supo levantar la música militar. Ni a Brassens. A mí, sí. Miren ustedes por dónde… En eso pasa una corona de laurel. Porque el laurel no muere. Porque no hay velero sin velas… En eso pienso cuando suena una descarga. Pienso en que en esta vida no todos hemos sido llamados por los mismos caminos, en que quizá, si volviera a nacer y no necesitara gafas…
La vida, entre la tormenta y la calma, entre el ansia de mares nuevos y la esperanza de puertos seguros… ¡Qué lejos está Bótoa de Cartagena! La mujer del coronel se abanica, me ve cansado y me presta su abanico. ¡Mal soldado hubiera sido yo! Reparten medallas. Aquí debe ser costumbre. Recuerdo aquello que dijo el poeta: no adorna el vestido el pecho que el pecho adorna al vestido. Y digo yo: los poetas, en su humildad de pluma de gallina, también mueren un poco por la patria en cada verso.
Aprieta ya el calor. Ahora, bajo techo: café, leche y zumos. Y churros. Y donuts de chocolate y de los otros. Y agua. Siempre bendita. El aire acondicionado no funciona. O parece que no funciona. Les miro. Tengo por ellos enorme admiración. Otro poeta, Horacio, que no Calderón, escribió aquello de dulce et decorum est pro patria mori. Lo leí, siendo niño, al pie de una cruz en Limpias. Y me quedé con la copla… Hay muchas maneras de morir por la patria. Sea cual sea esa manera, sigue siendo dulce y decoroso morir por ella, y ha querido Dios que siga siendo en los ejércitos donde más y mejor se muera por España. Así sea por siempre.

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