
No recuerdo dónde estaba yo el día que murió Iván Fandiño. Que Dios me perdone… La niebla del puerto me ha borrado el recuerdo. Orduña, el puerto por el que Vizcaya se asoma a Castilla. El puerto donde Ocaña le partió las piernas a Merckx en la Vuelta del 73. He vuelto a mi niñez. He vuelto a Orduña. He vuelto a sus dos plazas entrañables, la de los fueros y la de los toros. He vuelto a la tarde quieta al pie de Sierra Salvada. He vuelto la mirada a la cima del Txarlazo, a la Virgen de la Antigua y he rezado por él. Exactamente hoy, 17 de junio, se cumplen seis años. Fue un toro de Baltasar Ibán…
Cuentan que hubo un cura guipuzcoano que predicaba la existencia en el cielo, amén de frontones, de plazas de toros. Tal vez. Es curioso, el vascuence llama zezenketa a las corridas de toros, pero no tiene palabra propia para el juego de la pelota. Iván Fandiño fue pelotari. Al menos hasta que, en Llodio, en una capea, le dio cuatro capotazos a un becerro. Cuatro capotazos le bastaron para envenenarse. Quizá aún no sabía que en Azpeitia, la banda, entre el tercero y el cuarto, toca un zortkizco fúnebre en memoria de un humilde torero vasco muerto allí en 1846; fue al banderillear. Lo de Fandiño fue al quitar…
Aquí se torea -no sé si mejor- pero sí antes. El primer festejo documentado se celebró en Varea, en 1135, con motivo de la coronación de Alfonso VII. En Bermeo, consta, negro sobre blanco, que se corrían toros en el siglo XIV. Hernán Cortés llevó bravos de casta navarra a México. Y lidiadores navarros, como el Estudiante de Falces o Martín Barcaiztegui, “Martincho”, hicieron fortuna en los siglos XVII y XVIII frente a los toreadores a caballo de otras tierras. Toreros vascos, toreros de hierro. Del elgoibarrés Don Luis Mazzantini Eguía (con el don de bachiller por delante) al sestaotarra Diego Mazquiarán Torrontegui, “Fortuna” (que fue el primer torero en matar un toro en Las Ventas y hasta en la misma Gran Vía madrileña). Del simpar Zacarías Lecumberri (legendario estoqueador que, en La Coruña, en un arrebato, tumbó a un toro de un puñetazo en la testuz) al bilbaino (así, sin tilde) Cástor Jaureguibeitia Ibarra, “Cocherito de Bilbao”. Y, de mi pueblo, de Baracaldo, que también somos vizcaínos, los tres Torquitos y Manolo Chacarte… Y, de Orduña, un muchacho llamado Iván Fandiño, que iba para pelotari y quiso Dios que fuera torero de cante grande.
En 2014, a vida o muerte, en un arrebato a lo Lecumberri, Fandiño entró a matar sin muleta, se tiró de cabeza a la Puerta Grande de Madrid y la cruzó. Un año después, en 2015, el Domingo de Ramos, también en Las Ventas, se le atragantó una corrida de seis toros. Hubo quien le echó en cara que no se dejara matar. Y, como en los versos de Kipling, volvió a la pelea. Él, quizá el último torero hecho en las capeas, volvió a la intemperie, cabal y grave, por el camino difícil de ir suelto. Él, que solo tuvo un apoderado porque solo tenía una palabra. Él, arreando. De no haber sido torero, de haber sido pelotari, hubiera muerto con las manos reventadas, sin embargo, prefirió morir con los muslos cosidos a cornadas.
Velaron su cadáver en Amurrio y de allí se lo llevaron a lo eterno, a Orduña, al pie de la Antigua. Al paso del León de Orduña rugieron los cielos… Fue un toro de Baltasar Ibán. Fue en la Francia toreadora. Fue en junio, cuando en Castilla granan las espigas y en Vizcaya florecen los lirios. Seis años ya… No recuerdo dónde estaba yo el día que murió el último de los toreros de hierro, pero bien que le sigo recordando. Agur jaunak!

Gracias por recordarme a un grande