
Andaba yo sobre mis dos piernas cuando se me cruzó un palomo cojo. Más que cojo era lo suyo que le faltaba una pata. Más o menos como El Tato. No sé dónde quedaría. La del Tato acabó expuesta en una farmacia hasta que un incendio se llevó la farmacia y la pierna. Las palomas, los humanos… Andaba a saltitos. Las palomas pueden andar con una sola pata. A saltitos. Que yo sepa, los humanos no (o muy malamente). Sentí pena por la paloma. No pensé en mis congéneres, solo en aquella paloma. O palomo, que yo solo los distingo cuando se meten en cópulas. Casi cojo. Más que cojo. A saltitos ridículos…
Los días de mercadillo desayuno en una de las dos mesas que, a resguardo del vaivén humano, se esconden entre el carro del churrero y los cuatro palos de uno que vende vaqueros. Justo enfrente del que vende flores. ¿Quién no compra una varita de nardos por un euro? Todas las semanas la misma oferta: a un euro la varita de nardos, a otro los narcisos. Los nardos son más humildes, se apañan, al llegar a casa, con cualquier vasito. No dan guerra. Son pacifistas. Como mi palomo. Mi paloma, tal vez. Cuando desayuno algo les cae, sean palomas o gorriones. Es, para mí, un atavismo al que no puedo resistirme. No debe estar del todo bien tirar comida al suelo, aunque sean tan solo migas de pan o laminitas del forro dulce y crujiente del cruasán. A pecado tampoco llegará… Comer sin compartir es abominable. Supongo que no debo ser el único que padece semejante contractura mental. Pero primero yo y yo el trozo más grande. Lo de siempre.
Unas calles más allá tengo visto otro palomo cojo, pero con muñón; solo ha perdido las garras. Este sí que en verdad cojea; camina triste con su triste cojera sobre su triste muñón mientras me busca las migas. Este del mercadillo salta. Y me da más pena aún. ¿De qué le servirán las migas que compartimos? A veces pienso que por una miga en mal sitio se va a dejar pisar por la gente que compra bragas, tomates y zapatillas. Y aceitunas. Y flores.
Tengo entre los míos un libro que Alberti le dedicó a otro que no era yo. Con su paloma. Alberti pintaba palomas de alambre. Hambrientas. Alberti y Carpanta, dos maneras de ver el pollo. Hay gente que abomina de las palomas (y su perenne cagalera). A mí medio me gustan las palomas. Me entretienen cuando hago escala en los bancos del parque. Y me divierte ver cómo se cortejan. De momento, no les bajo el pan del día anterior; todo se andará. De momento les echo los bigotes tiesos de los churros cuando toca mercadillo.
Le falta una pata. Salta ridícula por comer lo que otro desprecia. Me da pena.
Un rolser rojo adelanta por el interior a un rolser azul. Así es la fórmula uno del mercadillo. A volantazos. Hoy he visto fresas blancas. Y un negrito desmontando el tenderete porque le ha dicho el guardia que sin papeles no hay tu tía; me ha dado pena y le he comprado una carterita de a tres euros para no sé qué que no sé dónde acabará. El churrero es medio bobo y el que vende vaqueros de la otra orilla. ¿Hay algo más bello que un puesto de flores? No lleva ramas de olivo mi palomo cojo, que lleva los bigotes de un churro que le ha dado un ogro. Y pienso en lo perra que es la vida. Y en lo bonitas que son las flores. Y en los nardos. Y en los narcisos. Y en lo buenos que están los churros enterrados en azúcar blanca…
Mas en eso la paloma abrió sus alas y echó a volar. Y yo me quedé, como siempre, anclado en tierra. Y me di pena…

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