
Badajoz es un tren de vagones innúmeros; con su carbonilla y su paso lento, entre toros y encinas. Badajoz, trasiegos y andanzas. Badajoz, con el giroscopio averiado y, a la vez, y hasta quizá por eso mismo, aún purísima y bella. Badajoz, como quien espera en el quicio desquiciado de un tiempo que le es extraño. Badajoz, obrador de mis esperanzas. Del Gévora al Matachel. Del Albarregas al Zújar. Un paraíso caliente y descarnado. Entero, luengo y abandonado…
Badajoz, parada y fonda. Caminos y condumios de la Baja Extremadura. Quesos de Castuera. Pastores; silencio, parra y siesta. Gazpachos de conejo en la raya manchega. Cazadores; escopetas, perros y migas. Cada día, al amanecer, de mil maneras, alguien prepara (y comparte) migas…
Badajoz penetrada de mares por el Guadiana. Fecundada a golpe de pantanos. Tomates y arroces en los versos de agua. En Badajoz, arroz con liebre y, en La Cubana, bollitos de leche que besan en las angosturas del tiempo. En la memoria, perrunillas, repápalos… y la canela de sus manos.
Badajoz, a veces portuguesa, a veces andaluza. Portuguesa de técula -y hasta de mécula- por Olivenza. Andaluza cuando llegan la feria, la manzanilla y las capeas de Segura de León. Badajoz, a veces mora, siempre cristiana, entre dehesas y cochinos. Tocino de papada junto a la candela. Badajoz, enamorada; altas torres cuajadas de platos solemnes: perdices en escabeche, chanfainas de sangre, asadurillas… Badajoz, a veces cuchara de palo, a veces cuchara de plata. Badajoz, descanso y remanso del más sabio coquinario.
Badajoz, repleta de horizontes. Badajoz, humildes viandas camineras… Badajoz, lumbres y calderetas. Cucharada y paso atrás. Mañanas de trigo y de centeno. Tardes de toros y de cigüeñas. Arroyos. Ermitas. Olivares. ¡Santo y seña! ¡Verde oliva! Badajoz sabe a machás, a tostada con aceite de Monterrubio y a matanza… San Martín, patrón magnífico de todos nuestros colgaderos. ¡Morcones! ¡Lomos! ¡Chacinas de Higuera La Real! ¡Jamones de Jerez! ¡Humildes caldillos! Sopas de antruejos en Aceuchal. Cojondongos soberbios los de Tierra de Barros. En Barcarrota, peladilla, bacalao de feria y, si se tercia, tagarninas. En Castilblanco, jilimoje. Garbanzos en Valencia del Ventoso. Gloria bendita en los dulces de las monjas agustinas de Fregenal. En Herrera del Duque, candelillas, y en su vecina Peloche, escarapuches de tencas. En Alburquerque, los vinos antiguos y misteriosos de las cepas centenarias de mi amigo José Rivero.
En la puerta falsa, una niña. En el retrovisor (y en el gaznate), Badajoz, la tierra mía.

Que bien ha retratado nuestra provincia