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A LA INTEMPERIE

A LA INTEMPERIE

A LA INTEMPERIE

PISTA DE SILLA PARA UNO

09/08/2024 por Fernando Valbuena

Aquí, junto a mi casa, a un paso de la playa y a dos del picadero, el circo ha levantado su carpa. De que llegaba el circo me enteré por la mucha cartelería. Y por la radio. Desde el primer momento me quedé con la copla… A las ocho, todos los días a las ocho. Que si hoy, que si mañana… Y la carpa ahí, enorme y picuda, con sus banderas al viento… Que si voy, que si no. Dudo. Al circo no se va solo (a no ser que uno quiera pasar por un suicida en ciernes). Así que trato de embarcar en la aventura a cuantos aventureros conozco. Me miran y se burlan. No hay manera; que no, que al circo no. Así que voy como el que va a la boca de toriles, despacio, mirándome dentro. Una entrada, solo una, y, de repente, deja de ser de día; en el túnel un foco me deslumbra y todo se me antoja conocido, como si hubiera estado dormido en algún lugar de la memoria y ahora, también de repente, despertara.

El acomodador no concibe que vaya solo, me echa en falta nietos. A mi edad al circo se va con nietos. Yo también, también los echo en falta (al menos en el circo). Silla de pista para uno y a pasar por lo que no soy. A mi espalda el alboroto de la chiquillería; frente a mí, en la penumbra, en la otra punta de la pista, cortinas que tapan y prometen, y, en lo alto, en un cielo de mentirijillas, estrellitas de papel.

El circo ya no es el que era. Nada se sabe de los elefantes, ni de los leones, ni de los caniches… Los animales gozan supuestamente de mejor vida. Han sido sustituidos por música a todo volumen. Ya no se oye el látigo del domador, aunque tampoco se podría oír con tanto estruendo… ¡Esto suena como la sección de viento de Elvis en el Garden!

No es lo que era, pero como si lo fuera. Van y vienen los acróbatas, los equilibristas y los malabaristas, y yo tan contento. Mallas, polvos de talco y lentejuelas. Los ojos como platos, los míos y los de un niño que, a mi lado, deslumbrado, los abre tanto como la boca. Redes en altura, diábolos y antorchas de fuego. Esto no se paga con dinero, al menos, no solo, se paga con palmas rendidas en señal de asombro y de admiración. La bailarina de tul rosa y el soldadito de plomo mutilado, el mago y el payaso. Un payaso tonto que es tal y como yo lo recordada… Y río. Del pequeño cajón del mago salen, una tras otra, tres mujeres; y, en eso, por arte de birlibirloque, el mago desaparece de la pista y aparece en la grada. El payaso toca la trompeta, mal, por supuesto. Y río. Río como el niño que ríe a mi lado. No sé qué habrá sido del hombre bala, ni del lanzador de cuchillos, no sé si volverán o si se quedarán a pasar la noche en mi memoria.

Al salir no salgo solo, salgo con el niño que fui. No se burlen de los viejos que van solos al circo. No se burlen de la mujer barbuda ni del payaso tonto de los zapatones. Y si les pasa un circo cerca, si ven levantar una carpa, vayan, vayan solos o acompañados, porque por poco más de cuatro duros volverán a ver, aunque sea solo por un par de horas, con ojos de niño. Vayan y verán como vieron por primera vez. Además, en el peor de los casos, es mucho más entretenido que pasar la tarde leyendo obituarios.

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Comments

  1. Isidoro says

    10/08/2024 at 10:44

    Fernando se agradece que hayas vuelto a traernos a nuestros recuerdos y sentimientos aquel ya lejano mundo de magias y animales portentosos!

    Responder
    • Fernando ValbuenaFernando Valbuena says

      10/08/2024 at 11:28

      Ya nada es lo que era…

      Responder

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